El otro lado

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EL OTRO LADO

 

Álvaro caminó sin rumbo, tambaleándose, levantando las rodillas para superar el medio metro de nieve. Quizá era lo único que le mantenía en pie. La mirada perdida en el horizonte huyendo del manto rojo que se extendía detrás de él. La huida desesperada se había transformado en un lento caminar. Era como si la gravedad le reclamará hasta el fondo de las entrañas de la tierra. Hasta el infierno de los 6.000 grados centígrados.

La cabaña que había heredado estaba construida en la roca horadada. Tan solo podía reconocerse por su entrada, una mezcla de troncos y barro, con una pequeña puerta y una ventana.Había considerado que era un buen refugio, un lugar donde estaría a salvo. Nadie había estado allí en muchos años. Era “el otro lado”, un secreto compartido entre él y su abuelo. Sentado junto al fuego del hogar, algunas noches, a la luz de los leños ardiendo, el abuelo Tomás le confió muchos de sus secretos. Le dijo lo solo que se sentía desde la muerte de sus padres y sus hermanos en aquel terrible accidente y lo mucho que hubiera deseado cumplir los deseos de sus padres. Le confesó que el motivo de estar trabajando en aquel laboratorio era complacerles, darles una satisfacción, la última, cuando ya no podrían disfrutarlo. Aunque, en realidad, no le gustaba nada. Lo que allí se hacía estaba muy lejos de compartirlo. Aparentemente se investigaba sobre los efectos de ciertas drogas sobre el comportamiento del cerebro humano, pero la realidad era otra muy distinta…

La sala principal, la sala blanca, estaba totalmente iluminada. Había un enorme recipiente lleno de un líquido indescriptible, una especie de piscina burbujeante. Tomás se sentía en peligro de ser descubierto, no debería estar allí, era una zona restringida, sólo para personal autorizado. Sus padres se lo tenían totalmente prohibido. Apenas había tres o cuatro personas embutidas en un extraño traje de aspecto metálico y con la cabeza cubierta por una escafandra traslúcida. Pensó que era un traje de seguridad, de los que se usan en cualquier laboratorio de experimentación. Aunque le pareció bastante extraño, de hecho no había visto nunca nada igual. Levantó la vista y vio lo que parecía la tapa de aquel recipiente. Se quedó horrorizado. Colgando boca abajo, sobresalían las cabezas de una decena de seres humanos entre los que se encontraban sus padres y hermanos. Quiso gritar y aporrear la cristalera…pero se quedó paralizado. El artefacto descendió hasta que las cabezas quedaron sumergidas en aquel liquido indescriptible. Por las tuberías conectadas al recipiente el fluido se trasladaba de nuevo hasta esa especie de tapa. Cuando fue levantada de nuevo, las cabezas de aquellos pobres infelices estaban cubiertas por la misma escafandra transparente que llevaban la gente del laboratorio.

Según su abuelo, aquellos hombres transformados, eran los autores de la ola de terror que se extendía por el mundo: coches bombas, atentados suicidas, asesinatos en masa en nombre de Dios y otras atrocidades que se vienen sucediendo. Un plan a largo plazo para, con unos pocos medios, acabar contaminando a la raza humana y dominar el mundo. Una estrategia para que nos matemos los unos a los otros. ¿Pero quienes eran los interesados?, ¿Los Estados poderosos?, ¿Las grandes multinacionales?…¿Seres de otros mundos?, o una evolución de nuestra propia raza dispuesta a conseguir la supremacía..?

Álvaro estaba seguro. Los había visto muchas noches, cuando ellos creían que dormía, se levantaba despacio sin hacer el más mínimo ruido y observaba como la escafandra transparente cubría su cabeza. Esperó a que se acostaran y bajo al garaje. Abrió el armario de las herramientas, cogió el hacha de hacer astillas y descalzo se dirigió primero a la habitación de sus padres. El primer golpe fue certero. La masa encefálica le salpicó el pijama y la sangre incolora ni tan siquiera manchó las sabanas. Ya no tuvo dudas. El segundo golpe seccionó el cuello de su madre, que tan solo emitió un leve sonido. Al fondo del pasillo sus dos hermanos dormían en la misma cama. Tenían apenas ocho años y eran dos candidatos a niños bomba. Les machacó la cabeza hasta no reconocerlos.

Pasó la noche en la cabaña “del otro lado”. Sobre la chimenea había un recorte de periódico: “Tomás Abarracín, trabajador de Laboratorios Sebara, detenido como presunto asesino de toda su familia. Todos los miembros de la familia aparecieron con disparos en la cabeza. Se especula con que fueron trasladados desde otro lugar, al no existir ninguna mancha de sangre en la ropa de cama.”

Álvaro se despertó y miró por la ventana del psiquiátrico. La pesadilla había terminado.

M.Sender

 

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Mario Sender

Acerca de Mario Sender

Escritor aficionado de relatos, ciencia, divulgación y redactor de contenidos para web/blog. Dibujante e ilustrador. Amante de las palabras.

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